Oficialmente los llamados países occidentales tienen el sistema democrático como organización de gobierno. O al menos, así lo afirman desde los púlpitos del aparato de esos estados. Se dice, se cuenta que es porque la sociedad es plural que esa pluralidad tiene el derecho a expresar su manera de ver la cosas mediante la creación y apoyo de partidos políticos.

¿De verdad? ¡Me apunto a ese sistema! Pero… no, espera… que del dicho al hecho hay mucho trecho.

Uno de los países que se dedica principalmente a asesinar por el mundo a todo aquél que no acepte el sistema democrático oficial y, por tanto, su máximo defensor, es EE.UU. Sin embargo, en este país la pluralidad se muestra de una forma muy curiosa: todos los partidos se reducen a dos. ¿Perdone usted?

La excusa es la simplificación de la manera de gobernar. Se suele poner a la Italia de hace veinte años, en la que un gobierno no duraba nunca más de una año debido a que sí había una pluralidad de partidos que no se ponía de acuerdo, para demostrar que la auténtica pluralidad crea el caos gubernamental.

Entonces, eso lo han resuelto en los EE.UU. creando un sistema de primarias que reduce a dos visiones principales toda la pluralidad. Los votantes acaban eligiendo el “SÍ” o el “NO”, el “blanco” o el “negro”, los “azules (demócratas) o los “rojos (republicanos)”, los “buenos” o los “malos” en cada tema y santas pascuas. No hay grises ni arcoiris.

No sólo se ha creado un sistema representativo en los que unos pocos piensan y deciden por los demás, sinó que además se le ha ahorrado al sufrido ciudadano tener que pensar y reflexionar de una manera complicada: el reduccionismo a dos opciones va como anillo al dedo para no agobiar las neuronas.

Sin embargo, esto incluso podría tener una buena apariencia democrática si de verdad hubieran dos monedas que elegir, pero en realidad hay una única moneda con dos caras porque… el bipartidismo es un espejismo.

Nos encontramos con dos partidos mayoritarios que son financiados por los mismos billonarios, las mismas multinacionales, presionados por los mismos lobbies, es decir, sobornados por exactamente los mismos. Y unos políticos que suelen provener de las mismas élites que son puestos en sus cargos por su capacidad de obedecer las órdenes de los que en realidad mueven el bacalao.

No es extraño que los políticos de los dos partidos se tiren los trastos a la cabeza delante de las cámaras, y cuando están apagadas compartan los mismos clubes, las mismas fiestas, jueguen a los mismos partidos de golf, fumen los mismos puros habanos y se acuesten con los mismos amantes.

Es gracias a eso que se conserva el status quo del sistema. Cada nueva elección el partido de la oposición es “el cambio” respecto al partido gobernante, pero cuando es elegido, éste continúa las pautas de gobierno del partido contrario, y así el nuevo partido de la oposición prometerá “el cambio” en las siguientes elecciones.

Tranquilos, que no hay problema, los electores ni se darán cuenta porque están bien adiestrados por los medios de comunicación de las corporaciones que manejan a los dos partidos, que ya se encargan de que nadie tenga memoria de lo que pasó cuatro años atrás. Y todo cambia para que todo siga igual.

Y lo más curioso de todo es que todos los caminos llegan a Roma. No sólo ocurre en EE.UU. sinó prácticamente en todos y cada uno de los países democráticos occidentales. Da igual cómo se haya montado el funcionamiento del sistema democrático que se acaba convirtiendo el panorama en la misma clase de pensamiento único: la apariencia de la lucha por el poder entre conservadores y progresistas.

Ya vimos en Un ejemplo de apariencia democrática: el Reino Unido, como la élite pudiente domina por completo el gobierno sin prácticamente dejar ni un sólo cabo suelto. También podemos comprobar como en las eleciones presidenciales francesas se reduce la segunda vuelta a dos candidatos o cómo en Japón se ha copiado la forma de hacer las cosas tan eficientemente que los cargos públicos pasan de padres a hijos.  Sin ir más lejos, en España el bipartidismo es de facto. Una lucha aparente PP-PSOE que queda expuesta cuando los bancos les eliminan sus deudas por la cara.

Lo más extraordinario del tema es que en ningún lugar se tiene que realizar ningún acto ilegal ni fraudulento para obtener el mismo resultado. Hay que dar a esta gente el mérito de diseñar unas leyes electorales a medida, como la ley d’Hont, que traspasa los votos de los partidos votados por debajo del umbral de un porcentaje a los mayoritarios en cada circunscripción electoral. Puro genio.

Así pues, nos encontramos con partidos votados por el 20% de la población que se otorgan la medalla de “haber sido votado por la mayoría” y gobierna con “mayoría absoluta“. Más ilustrador que las últimas eleciones generales en España no hay nada, como podemos leer en Este 20N que nos ha tocado“.

En realidad, la clave está en que nunca se ha abandonado la idea del gobierno absoluto y dictatorial. La sociedad continúa estando estructurada de forma piramidal, y los de las clases superiores se sienten, eso, superiores respecto a los demás. Las inercias de siglos siguen ahí y sólo se han adaptado a un mundo de la comunicación de masas, nada más.

No obstante, en este espejismo del bipartidismo, en esta sociedad defensora del pensamiento único, la pregunta está ahora en si esta nueva época digital va a provocar una verdadera transformación o sencillamente se forzará su adaptación a la corriente de siempre. ¿Podrán las nuevas voces construir un oasis que crezca y acabe substituyendo a este sistema elitista? ¿O ese oasis acabará siendo fagocitado por el espejismo, como otros intentos anteriores?

Fuente: http://usuadio.com/2012/06/06/el-espejismo-del-bipartidismo/
via : @jmgoig